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08/10/2008 GMT 1

Mi tía Carlota / Cuento

lalidoig @ 12:20

Mi tía Carlota
Laura Doig

¡Lamentaciones, al muro! Solía decirnos la tía Carlota, cuando mis hermanos y yo íbamos con algún pleito o queja a fastidiarle la paciencia. Desde que tuve uso de razón la vi deambulando por la casa de mis padres, caminaba siempre erguida acomodando o desacomodando adornos, sillas y cojines. Alta, terriblemente delgada, se asemejaba a un palo de escoba vestida de negro riguroso, incluso en las medias de seda y los zapatos de tacón que manejaba con soltura a pesar de sus más de ochenta años. A mí me parecía una linda monita, elegante y olorosa. De piel morena, velluda en los brazos y en la cara, disimulaba sus graciosas patillas con polvos excesivos para que los vellos se le vieran rubios. Usaba un peinado corto en su pelo negro zambo, siempre el mismo, jamás lo cambió y tampoco le vi nunca una sola cana. Se pintaba los labios de rojo brillante, y a lo mejor porque ya no veía, la pintura se le desbordaba de la enorme boca. No tenía cejas, se las depilaba y las dibujaba con lápiz marrón, resaltando sus ojos negros, enormes y saltones. Ya después me enteraría que fue muy amiga de mi bisabuela y cuando ella murió, como la tía no tenía parientes, se quedó a vivir con mi abuela para hacerle compañía, y siempre llegaba a nuestra casa cuando la abuela salía de viaje para no quedarse sola.

Impecable, elegante en su vestir y en sus maneras, sus delgadas manos con las uñas largas y rojas muy bien cuidadas, se movían con elegancia y parsimonia, jamás la vi hacer o decir alguna vulgaridad. Llevaba con ella un blanco pañuelo bordado con una enorme C, que colgaba de su cintura junto con un pesado llavero dorado. En su cuello no faltaba un camafeo que prendía de una cinta negra, y que a veces intercambiaba por un largo collar de perlas blancas. Usaba el mismo perfume que mi abuela, Channel número 5, muchas veces cuando no estaba en la casa, yo recogía los libros que ella dejaba y acomodaba el sillón en donde se sentaba a leer, y al arreglar los cojines se desprendía un delicioso olor.

Solíamos jugar con ella a los caballeros de la mesa redonda, con las espadas de juguete de mi hermano, nos nombraba caballeros y nos sentaba en la mesa a la hora de comer. Después de las comidas nos torturaba para que nos laváramos los dientes mostrándonos los suyos, blancos, derechos y sin ninguna imperfección, nos asustaba diciendo que los dientes se ponen negros y afilados como los de los perros, si uno no los limpia.

Recuerdo un día de su fiesta de cumpleaños. Mis hermanos y yo por hacerle una broma, pusimos una media vieja y rota dentro del pastel que se iba al horno. Nadie se dio cuenta si no hasta la hora de cortarlo. En el momento de meter el cuchillo mi abuela se topó con la porquería, y por supuesto fuimos invitados a pasar el resto de la semana encerrados en nuestros aposentos. La tía no nos miró durante un buen tiempo, y aunque le rogamos que nos perdone ni nos escuchó, caminaba al lado nuestro sin dirigirnos la palabra.

Era el día de la primera comunión de mis primos. Estaba la familia reunida en pleno en una pequeña iglesia en el centro de la ciudad, entonábamos el aleluya, una de mis tías tocaba el órgano y toda la familia cantaba emocionada. En eso, unos gritos guturales interrumpieron el cántico y la ceremonia. La tía, trepada con cara de espanto en una de las bancas, gritaba diciendo que había visto una enorme rata. Nos dio un ataque de risa, tanto que el sacerdote muy molesto terminó rápido con le ritual que faltaba, y nos despachó de la iglesia. Mi papá fue el encargado de llevar a la tía a casa, cuando regresamos a desayunar con la familia, encontrarnos a la tía desparramada en el sillón con un tremendo soponcio.

Nos contaba historias de penas y ánimas que en vez de dormirnos nos desvelaban. Era la primera en levantarse y la última en acostarse. Cuando ella estaba en la casa, había flores, música y rica comida. Su budín de pan con nueces y pasas era delicioso. Metíamos los dedos para pellizcar el dulce y ella nos decía-¡fuera mosca!- indicación de que antes de comer debíamos de ir a lavarnos as manos.

Un día al llegar del colegio, encontramos la casa silenciosa, los empleados acongojados y pensativos alrededor de la cocina. Mi madre se nos acercó, y nos explicó que la tía había partido al cielo. Que debíamos rezar por ella y hacer todo lo que nos había enseñado. No hubo llantos ni pena ni nada. De lo que sí me acuerdo, es que entré al cuarto en donde ella dormía y encontré su rosario con estampitas de la Virgen sobre su mesita, y un libro de El Quijote con un marcador en la página doce.

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